viernes, 27 de febrero de 2015

El político infiltrado


Hace poco vi un programa de televisión con mi hija (sí, las cosas que una tiene que hacer por sus hijos superan a veces lo imaginable). Se llamaba "El jefe infiltrado" y va de un empresario que, disfrazado convenientemente, pasa unas jornadas trabajando en su propia empresa, no se sabe muy bien si para controlar "in situ" los procesos de producción o, simplemente, espiar a sus trabajadores. Todo acababa bien: les hace unos regalos a sus avergonzados operarios y él vuelve a su vida, mejor que la de ellos, sin duda alguna. Me pareció una idea estupenda, pero para aplicar a muchos de los políticos españoles, sobre todo después de oír el discurso del presidente en el debate del estado de la nación, en el que se esforzó sin rubor ni piedad en que creyéramos que el país va mejor sólo porque a algunos (a quienes nunca les fue mal) les va mejor. Definitivamente, dio la impresión de que la profunda brecha de desigualdad abierta en España ha consolidado dos países incapaces de verse cara a cara y algunos políticos se han acomodado en la España cómoda (valga la redundancia), en la que siempre han vivido. No quieren entender que un país o comunidad cualquiera es un único ente y que sólo prospera si lo hacen todos a una, no unos a costa de otros.



No, no soy partidaria de que los políticos trabajen sin un buen sueldo, pues no creo que la política deba dejarse en manos de los ricos, que son los únicos que podrían hacerlo, pero, además de revisar muchos sueldos ciertamente desmesurados, no hay nada como experimentar en carne propia la realidad ajena. Propongo un programa, "El político infiltrado" que, por un tiempo o a perpetuidad, permita, por ejemplo, a Ana Botella, vivir de lo que saque cantando en el metro; a los alcaldes de Valladolid y Barcelona, ser mendigos en sus ciudades; a Fátima Báñez, un poco de lo que ella llama "movilidad exterior" sobreviviendo en Alemania como friegaplatos en una hamburguesería; a Arias Cañete, desde luego, le tocaría trabajar de camarero en una tasca; a la diputada Andrea Fabra, en una oficina del paro, en la que tenga que conocer en persona a algunos de los más de cuatro millones y medio de desempleados, sus sueños rotos y sus vidas invisibles; a Rita Barberá, Camps, Zaplana y demás ralea, les enviaría a trabajar de peones a una fábrica de Louis Vuitton, pero de las que tiene en La India; a Cospedal, de víctima de desahucio, lo que le vendría muy bien para hacer dieta, dado que se dice convencida de que los españoles dejan de comer antes que incumplir sus deberes religiosos para con los dioses banqueros; a Rafael Hernando, ése que se burla de quienes buscan a sus parientes asesinados y enterrados en fosas comunes, de sepulturero; a Esperanza Aguirre, de policía de tráfico; a Aznar lo enviaría a practicar el inglés a Estados Unidos, concretamente de inmigrante ilegal trabajando en el servicio doméstico. A Rato... Bueno, a Rato lo infiltraría en una prisión de máxima seguridad en calidad de preso, como a tantos otros; y a Rajoy, de escapar a esta alternativa, sencillamente a vivir del sueldo mínimo en el trabajo y distrito que prefiera.