martes, 17 de octubre de 2017

El sainete catalán


Puntualizaciones.

Primera.- Los fachas son los nacionalistas de cualquier país o no-país, pues es ésta una ideología que se fundamental en la superioridad de un pueblo sobre otro. En el caso catalán, concretamente, no hay más que acudir a la hemeroteca, llena de bárbaras estupideces como la de Junqueras (Diferencias genéticas entre catalanes y españoles) diciendo que los catalanes no tienen nada que ver con el resto de los españoles, porque ellos tienen en su ADN un toque francés (aunque ahora parece que les gustan más los eslovenos) y nosotros somos más bien portugueses (por cierto, ¡viva Portugal!).
Segunda.- El presidente del Gobierno y sus secuaces de Ciudadanos algún motivo tienen que tener para hacer todo lo posible por convertir a unos cantamañanas en héroes populares; en mi opinión, no hacen sino echar leña al fuego y por los mismos motivos: desviar la atención ciudadana de sus verdaderos problemas y, sobre todo, de los verdaderos culpables.

Tercera.- A mí también me rejuvenecen las manifestaciones y fue muy importante para la creación de mi personalidad y para mi crecimiento personal haber tenido, durante la adolescencia y la juventud, causas sociales por las que luchar activamente, así que puedo comprender la emoción de muchos jóvenes catalanes y no catalanes sintiéndose perseguidos por la justicia, enfrentándose a la Policía, votando a escondidas... ¡pero, por favor, sus dirigentes debieran saber distinguir entre la acción y la causa! ¿Cómo es posible que los dirigentes de Podemos y otros grupos de izquierda hayan dejado de movilizar al país contra los banqueros y los políticos corruptos, causantes de la crisis y de la forma trágicamente injusta e inaceptable de salir de ella, y lo hagan ahora para abanderar (y nunca mejor dicho) la innecesaria y nada pertinente creación de otro país sobre un base ficticia? Del cacao mental que tienen da idea su verborrea, hablando, por ejemplo, del "nacionalismo internacionalista" y el "independentismo sin fronteras" de los catalanes (el diario.es/CUP).

Cuarta.- Democracia y referendum no es en absoluto lo mismo ni la una implica lo otro. ¿Son, por ejemplo, los californianos más demócratas que otros por utilizar este sistema para aprobar la pena de muerte o prohibir los matrimonios homosexuales? Por cierto que fue Hitler quien más los utilizó.

Quinta.- Respecto a los socialistas, esta crisis ha dejado bastante claro quién puede ser un líder y quién no, mostrando la abismal diferencia de categoría intelectual y coraje personal entre su actual dirigente, que prácticamente no ha abierto la boca, y quien debiera haberlo sido si no se lo hubiera cargado el propio aparato del partido, Borrell, quien no ha dejado de intervenir públicamente para lanzar los mensajes más acertados y sensatos que se han oído desde que empezó esta función.

Sexta.- También ha quedado clara la altura política de nuestros dirigentes, que utilizan la política como un juego de trileros, especialmente -desde luego- Puigdemont y su forma de tomar el pelo a los catalanes, saltándose las propias leyes de su comunidad, haciendo un referendum que, obviamente, no ha tenido ni validez ni rigor y mintiendo a sus votantes al asegurarles que la independencia significaría prosperidad económica y apoyo europeo; y de tomar el pelo a los demás con esa ridiculez de no querer decir si ha declarado la independencia o no, de modo que, al parecer, ha sido una declaración, además de subrogada, secreta.

Y séptima.- Los intelectuales suelen ser especialistas en el escaqueo de responsabilidades. Si, respecto a la crisis económica, no he visto a ningún economista entonar el "mea culpa" por no haberla previsto, en este caso los historiadores debieran entonarlo por su silencio culpable sobre el largo proceso de manipulación de las nuevas generaciones de catalanes, a quienes se hace aprender de memoria libros de texto de Historia, ya no sesgados, sino abiertamente falsos. Y, con ellos, los profesores y, por supuesto, los políticos, tanto del PP como del PSOE, que han creado el monstruo que hoy les tiene contra las cuerdas, utilizando durante decenios a los nacionalistas catalanes como llave para sus mayorías parlamentarias.



En las primeras 
Elecciones democráticas 
en España, mi hermana 
se encontró a la puerta de 
su colegio electoral 
con una amiga 
que era una activa militante de 
Bandera Roja. 
"¿Se presenta Bandera Roja? 
¡Porque, claro está, 
es el partido al que vas a votar!", 
le preguntó mi hermana, 
y su amiga contestó: 
"¡No, claro que no! 
¡Cómo voy a votarles!... 
¡Imagínate que ganan!"... 



Pues yo creo que eso es lo que, probablemente, les ha pasado a los nacionalistas catalanes. Respecto a Puigdemont, puso en marcha un proceso que, inicialmente, no era sino el chantaje clásico que al propio Rajoy, hundido hasta el cuello en los casos de corrupción, también le convenía, pero el asunto se les ha ido de las manos a los dos. Respecto a sus socios de gobierno, no soy de las personas que piensan que la edad te hace más conservadora, que sustituye ilusiones por realidades, combatividad por conformismo. Al menos, no es mi caso: el tiempo me ha enseñado a ver los muchos matices de grises que hay entre el negro y el blanco, pero no me ha convertido en gris. Mantengo la aspiración de un mundo mejor y conceptos como solidaridad, igualdad de oportunidades, democracia real, movilización ciudadana o revolución siguen teniendo todo el sentido para mí. Pero una cosa es tener las aspiraciones de la adolescencia y otra muy distinta es comportarse como un adolescente. En mi opinión, la mayor parte de quienes integran los grupos anti-sistema que han hecho de la independencia catalana su principal objetivo político, se comportan como los antiguos adolescentes de Bandera Roja.


domingo, 24 de septiembre de 2017

¡Independencia, ya!


Cualquiera que haya vivido durante decenios en España y se haya ausentado un par de años, habrá quedado atónito al ver el país sumido en el obsesivo y crispado debate sobre la independencia de Cataluña. Tiene la apariencia de mera serpiente de verano, incluido el componente chusco de las urnas escondidas o declaraciones tan absurdas como las del alcalde de Blanes, nacido en las Alpujarras, que compara Cataluña con Dinamarca y al resto de España con el Magreb, la amenaza del coronel Francisco Alamán de una intervención militar o las de esos manifestantes de la Diada entrevistados por "El Intermedio" que aseguran que prefieren que sus hijos no estudien a que vayan a la Universidad en Madrid. Pero no lo es, porque el verano declina y la tormenta no sólo no pasa sino que llega a su punto álgido.
Hay, pues, que tomarlo en serio, es decir, intentar entenderlo y ello requiere preguntarse a qué viene esto, lo que implica ir a su origen; pero no al origen del sentimiento catalanista, tan antiguo y evanescente como el sentimiento albaceteño o maragato y que entretiene a historiadores, aficionados y meros ignorantes en las tinieblas históricas, a menudo manipulando vergonzosamente la Historia, quizá porque, como dijo Milan Kundera, "los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado" o al revés. De nada sirve buscar en nuestra antepasada Lucy el gen de la catalanidad, como no le sirvió a Hitler justificar el nacionalismo alemán intentando convertir al Hombre de Cromañón en el primer ario.

El origen que hay que buscar es el del presente conflicto y lo encuentro en julio de 2012, cuando Artur Mas, que poco antes había dicho que no quería una fractura del país, una vez se hubo quedado sin mayoría, sin socio y sin tripartito, aprueba el "pacto fiscal" que, hasta entonces, había sido la única reivindicación de Convergencia, y el PP, en el Gobierno, le dice que no. Ahí empiezan las movilizaciones independentistas. Así que tenemos en Cataluña, en ese momento, una situación política de gran debilidad y una situación económica tan mal dirigida como en el resto del país. La reivindicación independentista, en ese momento, no parece más que uno de los chantajes que, permanentemente, ha hecho el Gobierno catalán (y el del resto de los gobiernos autonómicos) al Gobierno español para conseguir ventajas económicas; la única diferencia es que en anteriores ocasiones la situación económica era buena, pero en ese momento, la situación era (y es) de crisis. Con un elemento crucial a mayores: la corrupción. Pero no la del PP, como espetó a Rajoy en el Parlamento, con todo descaro, el portavoz de ERC, Joan Tardá: "¿Por qué cree que nos queremos ir? ¡Porque estamos hartos de la corrupción! ¿Qué se creen, que somos imbéciles?"; bueno él debe tomar por imbéciles a los demás si obvia que el mayor caso de corrupción en España lo ha protagonizado Jordi Pujol, fundador del partido que gobierna Cataluña y presidente de esa comunidad durante 23 años; la fortuna que él y su familia, ejerciendo una actividad de mafia clásica y evadiendo impuestos, le ha colocado en los puestos de cabeza de la Lista Forbes, dejando atrás a Amancio Ortega, Bill Gates o Carlos Slim: ¿se puede robar más aun país o, si lo prefieren, a dos: España y Cataluña?

Quienes hayan tenido la paciencia de leer este largo artículo (que se une a los cientos, sino miles, sobre el mismo tema), saquen sus propias conclusiones. Sólo añadiré mi propia reivindicación: ¡independencia, ya!, aunque la independencia que a mí me preocupa no es la de Cataluña, sino la personal. Me preocupa la creciente manipulación de las personas, empujándolas a una batalla política que tiene más que ver, en la forma y en el fondo, con la liga de fútbol que con el debate democrático y convirtiendo, por consiguiente, a las personas, en hinchas en lugar de personas libres, razonables e informadas... en fin, cabales. Por lo demás, tanto daría si Cataluña se convierte en un país, como si, acto seguido, también lo hace el País Vasco o, en definitiva, este país vuelve a ser un Reino de Taifas (lo mismo así los leonesistas, que siempre tuvieron como lema lo de "León solo", al final lo consiguen): el problema no son los países, sino las fronteras y la verdadera tragedia de que se creen nuevos países es que aparecerán nuevas trabas al movimiento de las personas, a su legítimo derecho a trabajar y vivir donde puedan garantizarse la supervivencia o la felicidad.
Respecto al Referendum ni es per se una herramienta democrática (es, por ejemplo, la herramienta que ha elegido Suiza para aprobar las normas más xenófobas de Europa) ni el catalán va a tener la importancia, para cada uno de los españoles, catalanes o no, que las Elecciones alemanas, que, entre otras cosas, darán entrada al Parlamento de ese país a un partido de extrema derecha.


martes, 20 de junio de 2017

¡A devolver!


El ministro de Economía, Luis de Guindos, afirmó: “No les quepa la menor duda de que se recuperará la mayor parte de lo destinado a los bancos nacionalizados. El préstamo no tendrá coste para la sociedad, sino todo lo contrario”. El presidente, Mariano Rajoy, añadió: “Es un crédito a la Banca y lo va a pagar la propia Banca”. La vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, insistió: “Hemos hecho este rescate a la banca para que no cueste ni un euro al contribuyente”.



Cinco años después, el Banco de España nos dice que la inmensa mayoría del dinero prestado a los bancos, 60.613 millones de euros, no los recuperaremos jamás. Que no los van a devolver. La secuencia aproximada y resumida es: los bancos, dirigidos por desaprensivos financieros, se juegan nuestros ahorros y los pierden; entonces ellos se suben el sueldo (en Bankia, por ejemplo, los multiplicaron por diez), despiden a miles de trabajadores, provocan una crisis económica sin precedentes que, en España, ha destruido uno de cada cinco puestos de trabajo (cuatro millones de empleos), ha sumido en la miseria a casi la mitad de los parados y a una de cada seis personas que sí tienen trabajo… Y nosotros, las víctimas, consentimos que nos recorten en la educación de nuestros hijos y en nuestra propia salud (los recortes en estos dos sectores han sido de 16.000 millones de euros desde que comenzó la crisis) para darles a ellos, a los bancos, sesenta mil millones que no van a devolver, a pesar de que, durante este tiempo, no han dejado de hacer alarde de sus superávits ni han dejado de subirse sus sueldos y prebendas.
No van a devolver ese dinero a pesar de que ellos, durante estos años, han desahuciado a más de cuatrocientas mil familias que no han podido devolver los créditos que les concedieron y han secado totalmente el crédito a las pequeñas y medianas empresas, provocando su cierre masivo y dejando en la calle a miles de trabajadores.

-          ¡Pero había que hacerlo!
-          ¿Por qué?
-          Porque si no el desastre hubiera sido mayor…
-          ¿Y quién lo dice?
-          Ellos
-          ¿Los mismos que cometieron los errores que provocaron la crisis? ¿Los mismos que se han beneficiado con ella?

Sí, los mismos, pero por algún inexcrutable motivo, se les sigue considerando voces autorizadas a pesar de que, en primer lugar, han demostrado sobradamente su ineptitud y, en segundo, lugar, su mala fe.
Ineptitud. Los mercados financieros no sólo la han demostrado provocando esta crisis sino incurriendo en constantes contradicciones; los banqueros, sus directivos y sus prestigiosos economistas de cabecera nos han dicho que el endeudamiento es el motor de la economía y, dos días después, que es el desastre, o que hay que subir los tipos de interés de los bancos centrales para, inmediatamente después, asegurar que hay que bajarlos, o que hay que devaluar la moneda o reevaluarla… Como dice José Luis Estrada en “¡A la plaza!”, lo único en lo que se han mantenido siempre coherentes es “en reformar los mercados laborales en base a abaratar los despidos, recortar los salarios, elevar los impuestos indirectos y tasas de servicios, recortar prestaciones sociales y mantener o elevar el sueldo de los directivos”.
En el actual caso del Banco de España, que no deja de echarse flores a sí mismo en el informe en el que (valga la redundancia) nos informa de esos sesenta mil millones que los ciudadanos no recuperarán, achaca la mala noticia a “la imprevisible dureza de la coyuntura”. ¿Imprevisible para quienes siempre tienen la única solución posible, para quienes dictan las normas, caiga quien caiga (países enteros) y sin posibilidad de oposición o demora? Incluso, con el acostumbrado cinismo, asegura que “se hizo lo mejor posible”; ¿pues qué era lo peor? O, mejor dicho, ¿lo mejor para quiénes?

Mala fe. Sí sabían. Mienten descaradamente cuando aseguran que la crisis y la dureza con la que ha asestado su golpe, eran imprevisibles. En 2004 los cinco mayores bancos de inversión del mundo se unieron para forzar a la Comisión del Mercado de Valores para que liberase los miles de millones de dólares del porcentaje de los depósitos de los clientes que los bancos debían guardar para afrontar pérdidas; un miembro de la Comisión dijo entonces. “Si algo sale mal, va a ser un terrible desastre”. Se la jugaron haciendo trampas y a sabiendas de lo que estaba pasando, de lo que pasaría; de lo que, de hecho, pasó.

Y, por último, el Banco de España nos da la receta para que esto no vuelva a pasar, lo que, en el fondo, significa, resignémonos a lo que ya ha pasado, lo que me parece inaceptable. Pero es que, además, la receta es hacer reformas estructurales. ¿Pero qué reformas? Al principio de la crisis parece que todo el mundo las veía claramente: Obama y los principales líderes occidentales del G-20 se comprometieron a una reforma financiera profunda y hasta en una reinvención del capitalismo, pero han hecho justamente lo contrario: rescatar bancos y grandes empresas, dar crédito ilimitado a los bancos centrales, mantener desregulado el mercado internacional de divisas, mantener o aún mejorar las condiciones impositivas de las grandes fortunas, cerrar los ojos a los paraísos fiscales… Como ya decía José Luis Estrada tres años después: “Los gobiernos democráticos se han postrado, una y otra vez, ante los mercados, y el resultado es que todo lo que era susceptible de empeorar, ha empeorado: el paro, la pobreza, los servicios sociales…” y a la lista, que sigue y sigue, hay que añadir, a estas alturas, la democracia.


lunes, 8 de mayo de 2017

¡Viva Europa!




Sí, con todas las letras: “¡Viva Europa!”. Incluso la Europa de Macron, la Europa que se queda sentada ante el televisor viendo cómo miles de personas se ahogan en el Mediterráneo; la Europa en la que un jefe de gobierno propone recuperar la pena de muerte y nadie le da una patada en el culo; la Europa de la desigualdad, la que no tiene en cuenta los intereses de las personas y sí de las corporaciones, la de los lobbies, la que decide el futuro de más de quinientos millones de personas a puerta cerrada, la que elige democráticamente un Parlamento pero le tapa los ojos y le ata las manos; la que aprueba un tratado intergubernamental sin testigos, que no garantiza ni la rendición de cuentas ni la transparencia; la que divide Europa entre países deudores y países acreedores; la que degrada los derechos y libertades de los ciudadanos con cualquier excusa; la Europa en crisis, la Europa de la Gran Gran Deflación; la que se desintegra y, en su asfixia, genera la xenofobia y el racismo.

¡Viva Europa! Lo digo y proclamo desde Malta –que, por cierto, preside este semestre el Consejo de la Unión Europea- rodeada de españoles, que van de los veintipocos a los cincuenta y tantos, que, con rabia y añoranza, han venido porque su país les niega el derecho a trabajar, pero han venido sin tener que viajar en patera, sin esconderse en los bajos de un camión, sin echar a correr cuando ven a un policía ni sentirse menospreciados en ningún modo, compartiendo los mismos derechos que sus vecinos.

Es el Día de Europa y yo, por primera vez, lo celebro, no sólo con ganas sino con pasión. Por primera vez, pienso en Europa, no como en una superestructura opaca plagada de una costosa burocracia, sino como la Europa en paz por la que hoy conmemoramos que, en 1950, un ministro francés, Robert Schuman, tuviera la idea de poner bajo el control de una autoridad más alta que las de los gobiernos nacionales, las producciones de carbón y acero, para evitar que volvieran a utilizar esos productos en la fabricación de armas con las que matarse entre sí.

Superar las guerras y evitar el nacionalismo eran los objetivos, nada desdeñables, y ésos sí se han cumplido. Las dos Guerras Mundiales, el Holocausto, la Guerra Fría o el Muro de Berlín no son sucesos menores ni de la Prehistoria. El escritor Héctor Abad, desde la distancia que le da ser de un país como Colombia, lo dice claramente: “Europa no es un error ni una basura. Comete muchos fallos y debe reformarse. El mundo nunca será un paraíso, pero el logro de mantener unidas a las naciones europeas durante los últimos sesenta años, así como la cooperación basada en la solidaridad es, por el momento, el experimento del planeta que ha llegado más lejos y cuyo resultado dista más del infierno”.

Hasta ahora. Ahora el nacionalismo vuelve a resurgir, y no sólo en Gran Bretaña (perdón, quitemos lo de grande y dejémoslo en Inglaterra), sino por todas partes. Hasta hace poco, la política europea era percibida como aburrida; ahora, como bien señala Yanis Varoufakis, ha vuelto la pasión, pero es la pasión del odio, del miope y miserable sentimiento nacional, del egoísmo patrio, del miedo. Es una pasión que, dice él, “aviva la misantropía” y frente a la cual hay que albergar la “pasión por el beneficio del humanismo”.


Por eso lanzo este ¡viva Europa!, porque quienes, con tanta pasión se oponen al proyecto europeo son, en el fondo, aliados de quienes lo dirigen: son, por un lado, la Troika Global al mando de una comunidad que están destruyendo en pro de su avaricia neoliberal; menoscabando la democracia, desintegrando la unidad europea y provocando la muerte ecológica de la tierra y la real del resto de la humanidad para que todo siga igual, para que los beneficios de los más beneficiados sigan creciendo a costa de nuestro presente y de su propio futuro; y, por otra, la Internacional Nacionalista que desprecia todo el terreno conquistado en los últimos decenios en cuanto a valores éticos como la paz, la solidaridad o la justicia social universal. Aunque ambos bandos parecen enemigos, en el fondo pretenden lo mismo y, emparedados entre ambos, si no se levanta una izquierda europea que defienda con pasión un cambio revolucionario y avive la esperanza de la ciudadanía, estamos abocados a volver a vivir una Era de oscuridad.


miércoles, 8 de febrero de 2017

¡A la Plaza del Grano!


Pasé tantas horas jugando en ella que, cuando estaba en casa, me preguntaba qué pasaría allí, quiénes ocuparían mi lugar, qué clase de personas pisarían esas piedras cuando los niños estábamos en casa haciendo los deberes o durmiendo. Desde mi balcón apenas podía verla, al final del atrio de la iglesia del Mercado, a pesar de que me asomaba por las contraventanas como una amante celosa. Esa plaza era un mundo. Mi mundo. En ella estaba el placer de correr, saltar a la comba y jugar al corro y a voltear cromos sentada en un escaño; y acechaba el peligro en la calle de las escalerillas, donde las monjas nos decían que vivían las brujas (yo suponía que por eso solía estar custodiada por una fila de soldaditos). En ella conocí la amistad y la libertad, una libertad redonda.
Muchos años después volví allí para inaugurar mi edad adulta, compartiendo techo con el gran amor de mi vida. Y esos primeros años de amor eran también redondos, estremecidos por tormentas de verano pero bellos como los falampos de la nieve cubriendo los guijarros y las hojas plateadas de los álamos en primavera.

Por aquel entonces, la plaza estaba en obras. Unos afanosos obreros recolocaron las piedras y arreglaron la fuente que ponía la banda sonora de ese rincón dormido en el tiempo. Colocaron después unos pivotes de piedra para impedir que los coches entraran y estropearan el pavimento, pero apenas duraron unos días. Los coches entraban cada día y cada noche, hundiendo el antiguo empedrado. Los críos cegaron la fuente y ya nadie la volvió a arreglar, provocando que el agua se desbordara y se desprendieran las piedras de su entorno. Yo hacía fotos desde mi balcón a los coches, incluidos los de la Policía, que desafiaban la prohibición y la sensibilidad cívica, y con ellas me dirigí a varios concejales, pidiendo que, por favor, repusieran los pivotes que impedían la entrada de vehículos y ejercieran cierta vigilancia. Uno de ellos, leonesista, me contestó que, puesto que la obra la había hecho la Junta de Castilla y León, allá ellos si se les estropeaba.
El día que cumplí treinta años saqué la conversación entre mi pequeño grupo de invitados y uno de ellos, Francisco Azconegui, que entonces dirigía la Escuela de Restauración, decidió hacerse cargo personalmente de la protección de la plaza. Hizo unos preciosos espigones de hierro forjado que volvieron a cerrar las entradas "y éstos, te lo aseguro, no podrá romperlos nadie". Pero pudieron: el propio Ayuntamiento se encargó de arrancarlos, no sin esfuerzo, para el paso de una procesión de Semana Santa y ya no los repuso.
Y ahora toca hacer una confesión. Desesperada al ver cada día el deterioro de esa plaza única, me dediqué, durante algún tiempo, a bajar a horas intempestivas de la noche para poner en los coches aparcados notas amenazadoras que firmaba "Mano Negra". Pido perdón a las víctimas por asustarlas, pero lo cierto es que mis malas artes funcionaron y reconozco que me sentí como una especie de dama andante.
Poco después, me fuí de León. Mi vida dio muchas vueltas en círculos y espirales en cuyo centro siempre estuvo esa plaza, la de mi infancia y la de mi segunda y verdadera vida, la que allí empecé a compartir con quien ha ocupado y ocupará siempre mi corazón.
Yo, pues, he sido vecina de la plaza, como lo era mi abuela, que la recorría con su pata de palo. Comprendo a los vecinos que se quejan de la incomodidad, como en su momento algunos se quejaban de las ramas de los árboles, pero a nadie se le ocurre sustituir las escalerillas de una calle por una escalera mecánica para hacerla accesible o talar los árboles de los parques para evitar el polen a los alérgicos. Es una cuestión de prioridades y lo funcional no puede estar por encima de la historia o, incluso, de la belleza; no, a menos que queramos convertirnos todos en ciudadanos funcionales viviendo en ciudades uniformes una vida aséptica, en un "mundo feliz" despersonalizado en el que todos tendremos una vida tan cómoda como invivible.

viernes, 20 de enero de 2017

Feliz cumpleaños




"Justos y rectos en todas sus acciones, pero también con piedad y clemencia; generosos cuando son ricos, y cuando son pobres, a su vez en lo pequeño generosos; que ayudan igualmente en lo que pueden; que siempre dicen la verdad, aunque sin odio para los que mienten". Así eras, defensor de Las Termópilas, guardián del estrecho paso en el que los corazones puros se miden en el anonimato y las nobles aspiraciones pueden avanzar o perecer. Hoy celebro tu vida de roble, tu camino perseguido por las hienas sin perder la sonrisa, tu llegada con el balance de unas manos limpias y un torrente de amor que nos sostuvo a tantos y sostiene tu memoria. Duerme, mi amor, en tu elemento, el agua cristalina, la sombra de los árboles. Duerme y que se duerma el mar que ahoga tantas esperanzas y que subyuga con su brillo mi interminable aflicción. Ya he azotado la marea; el viento ha limpiado mi desesperación y avanzo sobre las aguas, serena y doliente, a tu encuentro. Feliz cumpleaños, mi amor: feliz la vida que compartimos, feliz la vida que ha crecido a la sombra de tus acogedoras ramas.